Anoche,
viendo la gala, ya estaba pensando yo qué escribiría sobre ella. ¿Qué se puede
decir de aquello que es soso, que pasa sin pena ni gloria, que no gusta e
incluso que aburre? Ninguno de mis interlocutores de whatsapp la resistió
entera. Y es que, este año, nos lo han puesto difícil a los entusiastas del
cine español.
De
entrada, un “no” para los presentadores. Cierto que yo no soy fan de ellos, pero ya empezaron con un
ritmo muy lento, poca chispa y, en mi opinión, poca gracia. Yo eché de menos a
Dani Rovira o a Corbacho, que comenzaban la gala con una fuerza y un entusiasmo
que marcaba un nivel de predisposición en el espectador importante.
Hasta
los estilismos, que siempre son un punto fuerte, flaquearon. Quizás estaba condicionada ya por la dinámica de la gala,
pero no puedo decir que ningún invitado ni invitada me llamara la atención
significativamente. Marisa Paredes iba elegante y, de ellas, destacaría a
Verónica Sánchez. Para los hombres prefiero el clásico esmoquin; por mencionar
a uno de los que vistió como a mí me gusta, discreto a la par que elegante,
menciono a Marc Clotet.
Sí
me llamó la atención el directo de “Marlango” y la sensual voz de Leonor
Watling. Para uno de mis amigos en concreto, sin duda el mejor momento de la
gala.
Las
películas, interesantes. Yo solo había visto “La llamada”, que aún recibió
alguna estatuilla. Mi marido quiere ver “Oro”, pero yo tengo muchas ganas de
ver “Handía”, “El autor” y, sobre todo, “La librería”.
¿Qué
piensa una después de su enésimo café con una amiga de toda la vida o con una
compañera de trabajo? ¿Qué ocurre después de una conversación telefónica
cotidiana? ¿Alguien se lamenta porque no ha ocurrido nada trascendental,
significativo y determinante que ha cambiado su vida? No. Es un acontecimiento
más. Así me sentí yo después de la gala: ha sido una más. La número 32. De
hecho, pensé un instante: ¿qué suceso significativo recuerdo yo de mis 32 años?
Y se desvaneció el pensamiento antes de encontrarlo.
Sin
embargo, sin esa suma de acontecimientos intrascendentes no ocurre ni se llega
a valorar lo memorable. Todos los encuentros que se producen día a día con los
demás no me cambian radicalmente la vida; todas las conversaciones cotidianas
no me producen éxtasis variados de felicidad. Pero no cambio ni uno solo de
esos momentos –y, por supuesto, ni una sola de esas personas- por algo
extraordinario. Eso mismo pienso de la 32 edición de los Goya: no pasará a la
historia de las galas aunque, como ocurre en el día a día con los pequeños
sucesos y las palabras cotidianas, las películas que participaron sí pueden
protagonizar posteriores momentos de disfrute personal y relación con los
demás. ¿Quién no vive ese micromomento de felicidad compartiendo una peli
disfrutada? ¿O viendo otra por recomendaciones ajenas y luego contactando con
quien la ha recomendado? Yo sí. ¡Ambos! ¡Y mucho!
Pues
eso. Una gala que anima a seguir viendo cine. Hecho por hombres o por mujeres,
que a mí me da igual. Supongo que los que acudieron al evento, que son los
cineastas, tomaron buena nota del lema de la noche, “Más mujeres”: para
escribir más personajes femeninos, o nominar más trabajos hechos por nosotras,
o equiparar su sueldo con el de ellos. Solo los que están allí pueden hacerlo.
Y el detalle del abanico me gustó: cuanto menos, de utilidad.
Para
terminar, un cartel. Cuando lo vi, ya me llamó la atención en sí mismo por
varios motivos: una amiga lo tiene de foto de perfil, contiene un mensaje
maravilloso y, además, me gustaría ser la chica que hace realidad uno de sus
sueños: tener una librería.
